domingo, 13 de marzo de 2011
Mentiras, falsos odios y la mayor cantidad de tristeza que jamás haya sido vista junta.
Desde el techo de la habitación de veía ridícula la situación en la que habían entrado esos dos cuerpos, mirándose fijamente, sin decirse nada pero queriendo decírselo todo. Extraños se sentían al no saber muy claro que hacían allí, sin entender como habían acabado entre cuatro paredes asfixiantes llenas de mentiras, falsos odios y la mayor cantidad de tristeza que jamás haya sido vista junta. Solo eran dos cuerpos solitarios que no podían juntarse, y solo podían mantenerse de pie a centímetros de distancia. Sus almas se lanzaban la una sobre la otra a la cama mientras reían buscando sincerarse. Pero sus cuerpos eran incapaces de hacerlo y demostrarle al mundo que todavía quedan cosas por las que luchar. Era tarde, y seguían mirándose como dos desconocidos que quieren conocerse y no ven un por qué, con la misma mirada que una persona no puede evitar poner al ver como su casa cae en llamas. Todo fue un error, jamás el mundo debió permitir que se pasasen los límites, los límites en los que te importan los riesgos que conlleva juntar las almas con los cuerpos. Éstas, correteaban por la habitación jugando a uno de esos juegos de la vida al que suelen llamar amor. Pero solo eran puntos suspensivos lo que se respiraba en esa habitación, soledad, o algo igualmente triste que hacía cada segundo más largo y asfixiante. Ella dijo que no. Y eso fue suficiente para saber sus intenciones y salir por la puerta dejando sus almas encerradas en lo más sombrío de la habitación.
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