miércoles, 29 de diciembre de 2010

Beleño blanco

Nunca tuviste motivo para dejarlo ir. Un día te levantase, abriste su jaula, lo cogiste y lo llevaste a la ventana. Querías ver si volvía. Lo impulsaste un poco y cayó al suelo bruscamente. Sonó un golpe seco y certero en el cemento del jardín y en tu corazón que cada vez sangraba más. Intentabas purificarte para dejar de desangrarte y solo conseguiste quitarte tiempo. Ya no sabías que hacer, esa maldición iba a acabar contigo y tu corazón cada vez sangraba más y más. Te detuviste en esa hamaca durante media hora y pensaste en algo que un viejo demonio como tú pudiese arreglar. Era tarde, habías jodido cada mísera parte de tu vida y no quedaba nada para solucionar, todo se había marchado de ti por miedo a sufrir más. Te levantaste de la hamaca blanco y balanceándote de una forma que, en una situación tan dramática como en la que te encontrabas sólamente generaba más pena, pero visto desde fuera era incluso gracioso. Notabas como las paredes se reían de ti y caíste rodando por las escaleras. Te arrastraste hasta la puerta del jardín gritando y con los ojos cubiertos de lágrimas. Ni la peor persona del mundo se merecía una muerte así. Te levantaste como pudiste y golpeaste fallidamente el pomo 3 veces haciendo así sangrar tus dedos. Tras un largo rato de intentos y apurando tus últimos llantos conseguiste abrir la puerta. Llegaste hasta tu periquito Springsteen y lo sujetaste entre tus manos mojándolo entero con tus lágrimas. No te daba pena él, jamás has sufrido por nadie. Te dabas pena tú. Removiste con tus manos un poco la tierra de aquel beleño blanco que creció solo en una maceta rota que alguien tiró con la mala suerte de que tú no estabas en el jardín y no te golpeó en la cabeza. Cogiste a Springsteen y lo enterraste. Fue la primera buena acción que hiciste en tu vida. Enterrarte.

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