miércoles, 8 de diciembre de 2010

En lo más oscuro de nuestros corazones

No podía mirarte, era una sensación de vergüenza demasiado fuerte. No sabía si hacia ti o hacia mi, pero ahi estaba y no podía evitarlo. Me armé de valor y giré la vista hacia la mitad del pasillo que era donde tú estabas. Tomé aire, y fuí hacia allí. Te acaricié el pelo que estaba helado y se separaba de mis dedos como si fuese una larga melena de serpientes. Qué bonito era tu pelo negro intenso. Me encantaba cuando te tumbabas sobre mis piernas sin ningun sentido y yo lo acariciaba respirando libertad a cada segundo.

Te cogí como hacía tantas veces cuando me decías estoy cansada y te levanté suavemente. Giraste tu cabeza y me miraste sin hacer ningun tipo de expresión.
-Hola, bonita.-te dije.
Volviste a girar tu cabeza como si nada pasase y seguí mi camino. Juntos cruzamos muchas barreras y puertas hasta llegar a la parte más oscura de la casa. Te senté en un taburete del cobertizo al que nunca me atreví a entrar. Creo que ahora empezaba a amarte más. Cogí la pala y empecé a cavar. Todo estaba silencioso y cada vez sentía más dolor en mi. Te cogí y te puse en ese agujero. Tenías los ojos cerrados como cuando pasábamos esas noches en la tienda de campaña y nos contábamos cosas con los ojos cerrados. Yo nunca pude cerrar los ojos, necesitaba mirarte. Te acosté cómodamente y besé tu pálida cara por última vez. Cogí la pala y tiré el primer montón de tierra.
-Te quiero.- me dijiste y rompí a llorar.
-Y yo a ti, bonita.- y volví a tirar más tierra.
-Te quiero.
-Y yo a ti, bonita.- y seguiste diciendolo a cada montón de tierra que te tiré hasta que acabé. Todo había terminado, esa sería la última vez que te vería. Todavía puedo escucharte a veces desde nuestra cama gritar te quiero y sigo preguntándome, ¿cómo coño pudíste morirte de amor?

No hay comentarios:

Publicar un comentario