Todos miraban el suelo, lloraban y gritaban por dentro. ¿Cuánto es demasiado joven? Ella bailaba por el centro del pasillo, lo hacía tan hermoso que podía llegar a enamorarte con solo esa sofisticada forma de mover los brazos. Estaba preciosa, aunque quizá algo pálida. Yo estaba sentado en tercera fila, me gusta ser discreto, aunque con la tristeza que invadía mi cerebro ese día fue un acto reflejo, pura costumbre, no tenía la cabeza para pensar en discreciones. Sus padres empezaron a llorar desconsoladamente, y ella se sentó para abrazarlos pero no lo sentían, no como yo. Vino y se acercó a mi después de unas risas al lado de sus padres. Yo era su entretenimiento preferido.
-Quieres subirte a mi cielo.-Me dijo. Me descompuse por dentro, más de lo que ya estaba.
-No estoy preparado.-Susurré.
Notaba como me miraban las personas de mi alrededor, pero pensaron que era algún delirio interno que no podía reprimir y noté una mano por la espalda. La aparté de mi con rabia y volví a mirarla, volví a observar sus labios rojo intenso y me sentí besándolos.
-¿Me quieres?-Dijo arañándome.
-Joder,¿no te parece bastante sufrimiento?
-Tranquilo, hijo.-Intentó consolarme el señor de mi izquierda mientras me caía una avalancha de lágrimas.
-Te estoy mirando, mírame tú, me haces sentirme la persona más sola del mundo.-Gritó.
-¿Piensas que estoy para bromas, pequeña?
-Pienso que el mundo es injusto.-Y me hizo callarme totalmente.
Eran demasiados años caminando por los parques hablando sobre la vida, sobre las penas. Recorriendo la ciudad de su mano, acariciándola entera. Pero supongo que teníamos un futuro demasiado trágico, que no podía soportar que el amor no fuera eterno, que se acabase nuestra llama.
-Quería conocer otros mundos contigo.-Me decía mientras parpadeaba con la mirada más adorable del mundo.
Yo que sentí tristeza mucho antes que odio, que odie todas mis penas. Yo, que sentí que era el rey del mundo cuando la tuve a mi lado había perdido mi razón de ser. Había perdido la puta cabeza, y volví a sentir lo que un día sentí por ella, con tan solo la mirada de temperatura ambiente que lanzó ese cuerpo delicado al que tantas veces había tenido sobre mi. Así son las cosas y antes que volverme loco elegiré hacer que nuestro amor sea eterno y morir por tu pena. Me levanté del banco y me eché a correr hacia la puerta. Al día siguiente desperté en la misma sala, con distintas caras llorando, pero contigo a mi lado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario